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¿Podemos permitirnos no hacerlo?

La pandemia de Covid-19 nos ha recordado que dejar que el planeta siga por el rumbo actual es la receta perfecta para el desastre. La reforma financiera debe estar en el centro mismo de cualquier solución.

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No es ninguna novedad decir que la salud humana, económica y empresarial depende de la naturaleza. O que necesitamos reducir urgentemente las amenazas humanas para nuestro sistema de soporte vital que nos proporciona alimento, materiales, agua, energía, regulación del clima y mucho más. Científicos y ecologistas llevan décadas diciéndonoslo, pero no hemos actuado con la decisión o la rapidez necesarias.

En ocasiones, tenemos que sufrir un golpe para empezar a proteger lo que más valoramos: un infarto que hace que cambiemos nuestra alimentación o el temor al cáncer que nos hace dejar de fumar. Copvod-19 ha reflejado nuestro miedo por la salud, pero a escala planetaria. Debemos responder de forma adecuada e inmediata para dejar atrás nuestras actividades económicas destructivas e invertir en la naturaleza.

La pandemia ha puesto de manifiesto la relación directa entre la salud de la naturaleza, por un lado, y la salud de las personas y las economías, por el otro. Numerosos estudios han revelado la conexión entre la erosión de los espacios naturales y la explotación insostenible de las especies con enfermedades zoonóticas como la del Covid-19, ya que se transmiten entre animales y humanos. Las zoonosis existen de toda la historia de la humanidad, pero los patógenos nunca habían tenido tantas oportunidades como ahora de saltar de animales salvajes y domésticos a seres humanos. Todos hemos visto y sentido las consecuencias, más de 4.5 millones de fallecidos, personas privadas de sus medios de vida, negocios cerrados que no abrirán nunca más o bien la mayor recesión internacional desde la Gran Depresión de los años 30.

Las tres crisis planetarias
Lo que nos debería preocupar aún más es que Covid-19 no es una amenaza aislada, sino parte de lo que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) llama las tres crisis planetarias:

El cambio climático está provocando incendios forestales, olas de calor extremo, sequías devastadoras y terribles inundaciones en todo el mundo. Si no actuamos, corremos el riesgo de incumplir el objetivo ambicioso del Acuerdo de París de mantener el calentamiento global por debajo de 2 C y frenar la devastación. La humanidad ha alterado tres cuartas partes de la superficie del planeta y ha puesto en riesgo la existencia de un millón de especies. Hemos contaminado el aire, la tierra y el agua, con el consiguiente perjuicio para la salud humana, la seguridad alimentaria y las economías.

Todo ello de la mano del consumo incesante e insostenible de los recursos naturales. Los cálculos sobre nuestra huella total indican que mantener las condiciones de vida actuales en el planeta con estos sistemas económicos requeriría la existencia de 1,6 Tierras, y eso en época de desaceleración económica.

Las repercusiones económicas
Más allá del impacto inmediato de la pandemia, ¿qué implica todo esto para las economías y las empresas? Más de la mitad del PIB mundial depende de algún modo de la naturaleza. Nuestra actuación está erosionando esta base económica. La Plataforma Intergubernamental sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas llegó a la conclusión en 2018 de que la degradación del suelo y la pérdida de biodiversidad le costaban al mundo un 10 % del PIB cada año en servicios de los ecosistemas perdidos, como evitar la filtración perjudicial de nutrientes a los arroyos o paliar los efectos de las inundaciones.

Las oportunidades comerciales derivadas de la transformación de los sistemas de uso de los alimentos, el suelo y los océanos podrían equivaler a 3,6 billones de USD en ingresos adicionales o ahorro de costos para 2030, además de crear 191 millones de empleos nuevos.

También se puede calcular el valor del capital natural, es decir, del inventario de recursos naturales renovables y no renovables del planeta, junto con el valor del capital humano y el capital producido, como las habilidades desarrolladas y las carreteras construidas. En conjunto, estas tres formas de capital miden la riqueza real de un país. Los datos del PNUMA muestran que nuestras reservas mundiales de capital natural por persona han caído cerca de un 40 % desde principios de la década de 1990, mientras que el capital producido se ha duplicado y el capital humano ha crecido un 13 %. Tenemos que desvincular el crecimiento de la erosión de la naturaleza.

Entretanto, el «Informe mundial sobre riesgos mundiales de 2020» del Foro Económico Mundial consideró la pérdida de biodiversidad y el desplome de los ecosistemas como una de las cinco amenazas principales a las que deberá hacer frente la humanidad en los próximos diez años. Las implicaciones financieras para empresas e inversionistas incluyen una menor rentabilidad de las materias primas, interrupciones en las cadenas de suministros y la pérdida de fuentes potenciales de productos nuevos, como medicinas. Las empresas que fabrican prendas y accesorios usan fibras naturales para su producción, y la cadena de suministro de esos recursos puede verse alterada por el aumento de la frecuencia de inundaciones y grandes tormentas. La industria de la destilería también depende en gran medida de la cadena de suministros naturales, la cual se ve amenazada por la pérdida de naturaleza y los problemas del clima o la contaminación.

Reinicio de la finanzas
Es obvio que necesitamos un cambio sistémico para diseñar economías bajas en carbono y respetuosas con la naturaleza. Una de las conclusiones del Informe Dasgupta sobre la economía de la biodiversidad es el papel que juegan las finanzas a la hora de determinar las reservas de capital natural y el alcance de las exigencias humanas a la biosfera.

Una parte del cambio deberá llegar a través de medidas de estímulo para la recuperación post-pandemia que dirijan nuestras economías hacia la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el cumplimiento del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático y la puesta en marcha de procesos internacionales en favor de una biodiversidad saludable. Entre los próximos 6 y 18 meses se espera que los gobiernos inyecten unos 20 billones de USD para la recuperación post-pandemia, aparte del dinero ya gastado en protección de los ciudadanos y el empleo. Debemos invertir una gran parte de ese dinero en soluciones basadas en la naturaleza, agricultura sostenible, energías renovables, conservación e infraestructuras verdes y azules.

Esas inversiones a gran escala pueden aportar grande beneficios. Para 2030, la restauración de 350 millones de hectáreas de ecosistemas terrestres y acuáticos degradados podría generar 9 billones de USD en servicios de los ecosistemas y eliminar hasta 26 gigatoneladas de gases de efecto invernadero de la atmósfera. Los beneficios económicos son diez veces superiores al costo de la inversión, mientras que el costo derivado de la inacción triplica los costos de restauración de los ecosistemas.

En total, las oportunidades comerciales derivadas de la transformación de los sistemas de uso de los alimentos, el suelo y los océanos podrían equivaler a 3,6 billones de USD en ingresos adicionales o ahorro de costos para 2030, además de crear 191 millones de empleos nuevos. Para aprovechar esta buena relación costo/beneficio, el Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas servirá para aunar las fuerzas de la comunidad internacional con el fin de restaurar los suelos degradados.

Elecciones para los inversionistas
Claro está, los gobiernos no pueden hacerlo todo por su cuenta. Debemos reformar todo el sistema financiero, lo que incluye cambios para todos los inversionistas y proveedores financieros, desde los que invierten cientos de dólares a los que invierten miles de millones. Las instituciones financieras pueden contribuir de muy diversas maneras.

La Iniciativa Financiera del PNUMA publicó recientemente un informe para marcar los objetivos de biodiversidad en sus distintas actividades con el fin de alcanzar una ganancia neta de biodiversidad, o como mínimo evitar la pérdida neta. Los inversionistas pueden buscar oportunidades de inversión positivas para el medio ambiente y avanzar en pos de objetivos, ya sea en agricultura, producción maderera, turismo o infraestructuras.

El sector financiero puede plantearse el impacto que tienen sus posiciones en el entorno marino.

Los inversionistas pueden preguntarse si sus inversiones ayudan a reconstruir la prosperidad del océano, restaurar la biodiversidad y regenerar la salud oceánica. Una iniciativa destacable es el Fondo Mundial para los Arrecifes de Coral. Los arrecifes de coral proporcionan en torno a 2,7 billones de USD en servicios del ecosistema. El fondo, un vehículo de financiación mixta de 500 millones de USD a 10 años, pretende evitar que el 75 % de los arrecifes de coral de todo el mundo se encuentren en una situación de grave amenaza para 2050.

Los consumidores y las empresas también pueden elegir sus bancos teniendo en cuenta su compromiso con las prácticas bancarias responsables. La Iniciativa Financiera del PNUMA incluye los Principios de la Banca Responsable, que sirven de marco a los bancos para tomar decisiones responsables.

El diario The Economist señaló hace poco que el 87 % de los jóvenes inversionistas considera que el éxito empresarial debería medirse por algo más que el rendimiento financiero. Muchos inversionistas jóvenes quieren más que una mera rentabilidad. Quieren un planeta viable que pueda mantenerlos a ellos y a las generaciones venideras. El informe avisa a la comunidad inversora de que se tome en serio a estos jóvenes inversionistas.

Más que filantropía
En el fondo, invertir en la naturaleza es invertir en nuestra propia prosperidad. Los ecosistemas diversos son más estables, productivos y resilientes ante el cambio. Al igual que la diversidad en una cartera financiera reduce el riesgo para el rendimiento, una mayor biodiversidad reduce los riesgos en una cartera de activos naturales. Numerosos estudios han demostrado que los factores ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) pueden ser auténticos motores del valor. Entretanto, el número creciente de regulaciones y marcos internacionales dará lugar a activos varados y las industrias contaminantes serán cada vez más insostenibles, lo que quedará reflejado en el precio de sus acciones, en su resiliencia y en su longevidad.

Si buscamos oportunidades de inversión positivas para la naturaleza, la Tierra podrá regenerarse.

Cuando invertimos en la naturaleza, podemos contribuir de forma considerable a poner fin a las tres crisis planetarias. Aceleramos la transición a fuentes de energía limpia y métodos de producción sostenibles. Protegemos el futuro para las próximas generaciones mientras prosperan nuestros negocios, nuestras economías y nuestras sociedades.

Sí, vivimos tiempos difíciles, pero ahora más que nunca es el momento de invertir en un futuro que permita prosperar a las personas, a las empresas y al planeta. La pregunta no es si podemos permitirnos invertir en la naturaleza, sino si podemos permitirnos no hacerlo.

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